Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

sábado, 16 de junio de 2007

Almeria huele a porro

Javier Salvador, teleprensa.esHoy, por fin, no hablaremos de política, de pactos y de todas esas cosas que nos mantienen con una conversación monotema durante la última semana, en la que hemos dado a unos y otros papeles de víctimas y villanos sin percatarnos siquiera de que somos capaces de vivir una película en la que no hay héroes. ¿Verdad que es triste?

Hoy les quiero hablar de otra cosa, de algo que me llama terriblemente la atención, me preocupa y que, además, parece que no vemos o que, simplemente, no queremos ver.

El día de la celebración del ascenso a primera división de la UD Almería fui a la rambla, como casi todos, acompañado de mis hijos y alguna que otra sobrina. Todo era normal en un día de fiesta, pero justo detrás nuestro se colocaron en un determinado momento un grupo de chavalillas muy jóvenes, apenas tenían catorce años, incluso menores que mis sobrinas y apenas tres años mayores que mi propio hijo. Todo normal salvo porque estaban fumando unos pedazo de porros que aquello no era normal. Demasiado jóvenes, pensé.

Pero no era la primera vez. Cada vez que voy al Paseo Marítimo o que paso por un parque es muy extraño no ver a un chavalín, de los que raramente se calzan más de 15 años, pasándose unos porros como el que le da a su colega una bolsa de pipas. Y muchos dirán ¿y quién que tenga menos de 45 años no se ha fumado un porro?

Vale, con la mano en el corazón soy de los que reconoce que muy pocos, pero nunca ha sido tan descarado, y se pasa de la luz de la luna en una playa desierta o la terraza de una casa durante una fiesta a la luz del día y en cualquier lugar público.

Lo que realmente me preocupa es la edad, que con tan pocos años se rompa esa barrera de los miedos, pero por encima de todo, lo que me preocupa es que sea tan jodidamente fácil el acceso que deben tener al hachís o cualquier otra cosa.

Partiendo de que cada cual puede hacer con su cuerpo lo que realmente le venga en gana, lo que no podemos permitirnos es que el mercado sea tan libre para quienes crecen creyendo que la mayoría de edad se alcanza a los catorce. Pero ese es otro problema.

La verdad, no tengo ni idea de por qué me pego hoy esta reflexión de abuelo cebolleta, pero les confieso que tengo miedo de que mis hijos vean como normales cosas que a mi no se me ocurrieron hacer hasta que dejé el hogar paterno.

Me sorprende que seamos capaces de vivir tan engañados, tan alejados de una realidad que nos encontramos en cualquier parque, en cualquier calle y a todas horas. Nos hemos dado la vuelta y caminamos en una dirección en la que parece que todo se va a solucionar con anuncios en la tele, con charlas en centros educativos y folletos editados por la Junta de Andalucía.

Somos, en general, una panda de cobardes a la que nos falta mala leche, porque nos acojonamos cuando les llamamos la atención a un grupo de niñatos en un parque en vez de plantar cara y decir ¿quieres ser mayor? Pues ahora te jodes que con este móvil llamo a los maderos para que, por lo menos, cambies de parque. Lo más normal es que la policía no acuda, pero por lo menos conseguiremos actuar como una especie de señal de prohibición para que determinadas cosas no sucedan en lugares tan comunes.

Pero sobre todo y por encima de todas las cosas, qué es lo que estamos haciendo tan mal como para que una niña de catorce años no tenga ningún problema para conseguir un pedrusco de hachís con el que hacerse unos porros. Hasta qué punto se ha capilarizado el menudeo de la droga en las ciudades y, sobre todo, ¿somos conscientes de en qué gastan la pasta nuestros hijos?

Me quedan tres años de tortura en grado medio y unos cuantos más de tortura total, como dice un amigo mío, pero las cosas se pueden cambiar. Hace unos años cuando compré mi primera casa lo hice al único precio que me podía permitir en un barrio totalmente degradado por la prostitución. Vivía justo encima de las putas que hacían la calle en el Zapillo. Junto a unos vecinos, muy pocos, tomamos la determinación de que la única salida era tomar la calle, de forma pacífica pero amenazante y obligarlas a que se marchasen del lugar. Empezamos apenas cuatro vecinos y terminamos todo un ejército. La cosa cambió hasta el punto de que la Policía las convenció para que cambiasen de lugar y el barrio dio un giro espectacular.

Una iniciativa ciudadana provocó un cambio y una mejora notables en la calidad de vida de todos. Los padres dejaron de esperar a sus hijas en el autobús para que los coches no les parasen mientras llegaban a sus portales para ver si les apetecía un polvete. Tal cual se lo cuento a ustedes sucedía en El Zapillo. Aquello terminó y era una situación crítica. ¿Por qué no pueden cambiar otras cosas?

Teleprensa

2 comentarios:

La verdad esque tienes razon y lamentablemente en almeria la situacion es penosa....
Es una lastima, sinceramente.